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domingo, 15 de abril de 2018

CALENTANDO MOTORES PARA LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL: APUNTES SOBRE EL DESARROLLO ECONÓMICO EUROPEO EN EL SIGLO XVIII


El historiador Robert DuPlessis, profesor en Swarthmore College, es autor de la obra Transiciones al capitalismo en Europa durante la Edad Moderna, Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2001 (Traducción española de Isabel Moll). En la presente ficha de lectura presento la forma en que DuPlessis analiza el período previo a la Revolución Industrial de fines del siglo XVIII. La ficha abarca sólo unas pocas páginas del libro.


DuPlessis examina cuatro casos de industrialización durante el siglo XVIII: República de Holanda, Países Bajos meridionales, Francia e Inglaterra. Las diferencias entre ellos permiten comprender lo específico del caso inglés, así como también la complejidad del proceso conocido como Revolución Industrial, que no puede explicarse a parte de la acción de una variable o de un reducido grupo de variables.


v  República de Holanda (pp. 314-319)
La evolución de la industria holandesa siguió en el siglo XVIII una tendencia diferente a la de los países que se industrializaban. Dicho en pocas palabras, la industria entró en decadencia, la cual se fue profundizando a lo largo de dicho siglo.

Las señales de crisis comenzaron a fines del siglo XVII, pero se acentuaron a partir de 1720. Comenzó en los oficios textiles de las ciudades holandesas (esos mismos oficios que habían iniciado la expansión de la República) [1]. Luego, desde la década de 1720, se difundió a las otras ramas. [2]

“Las principales causas del declive industrial holandés fueron la retracción de la demanda interior y la pérdida del mercado exterior. Durante la Edad de Oro, el auge de la industria se debió a la prosperidad agrícola y a la elevada disponibilidad de ingresos de una población urbana en rápido crecimiento. Estas bases se hundieron en el XVIII. La apatía del sector agraria ya no permitía el dinamismo de la demanda de los años anteriores. En un período de consolidación o, en algunos lugares, de retroceso, no se realizaron inversiones a gran escala y se difería el mantenimiento rutinario y la reposición de bienes de equipo.” (p. 316).

A los factores mencionados, hay que agregarles: a) caída de la población urbana, a punto tal que a partir de 1700 muchas ciudades perdieron habitantes; b) deuda estatal, acumulada a consecuencia de las guerras con Gran Bretaña y Francia; c) aumento de los tributos sobre el consumo popular, cuyo objetivo era el pago de la deuda estatal; d) extenso subempleo y desempleo como consecuencia del declive industrial; e) presión a la baja sobre los salarios.

Las colonias de la República no servían para reactivar la demanda: las de América eran pequeñas en tamaño y población; las de las Indias Orientales compraban pocos productos holandeses.

El comercio exterior era desfavorable para Holanda. Tanto su mercado interior como el colonial eran accesibles a la importación de mercancías, como consecuencia de la acción de los comerciantes que controlaban el comercio y el gobierno de la República y que se oponían a restricciones que pudieran limitar sus negocios. Rechazaba el proteccionismo y, en consecuencia, los derechos de aduana eran bajos.

La República perdió la primacía comercial europea en la primera mitad del siglo XVIII. En parte por el libre comercio mencionado en el párrafo anterior, en parte como efecto de las medidas proteccionistas adoptadas por varios países europeos.

Cesaron las innovaciones técnicas. Causa probable: “La tecnología holandesa, en comparación con las pautas del sistema de distribución definidas en términos de trabajo intensivo, permitía ahorrar trabajo, lo que era beneficioso para un país con salarios muy elevados, al tiempo que hacía un uso excelente del viento y de la turba, las fuentes de energía más abundantes del país.” (p. 318).

La expansión de la industrial textil rural [3] se detuvo a mediados del siglo XVIII porque quedó excluida del mercado exterior.

A fines del siglo XVIII, la economía holandesa mantenía cierto dinamismo gracias a: 1) el creciente poder de las finanzas rurales; 2) la difusión de la agricultura comercial en las provincias interiores; 3) capacidad de algunos sectores del comercio para adaptarse a nuevas condiciones.

Como síntesis de los procesos descriptos en los párrafos precedentes basta indicar que hacia 1800, el valor de las manufacturas importadas era nueve veces más elevado que el de las exportaciones industriales.


v  Países Bajos meridionales (pp. 319-322)

La guerra y la ocupación extranjera asolaron buena parte del país entre la década de 1670 y 1713. Luego, la debilidad militar hizo que el mercado interior fuera accesible a los competidores. La paz de Utrech (1713-1715) cedió estas provincias a la administración de los Habsburgo de Austria; prohibió a las provincias establecer sus propias tarifas, manteniendo la apertura a las mercancías extranjeras.

La recuperación económica comenzó en la década de 1720,  cuando se instalaron en el campo y, en menor medida, en la ciudad, numerosas protoindustrias dedicadas a la fabricación de bienes de bajo costo y calidad modesta.

“El crecimiento de la población, concentrado en las zonas rurales del centro y sur de Flandes, ya superpobladas, produjo la aparición de pequeñas tenencias agrícolas apenas productivas y el aumento de un grupo de trabajadores sin tierra cada vez más numeroso. En las ciudades, el colapso de los oficios agremiados desplazó a muchos oficiales al mercado de trabajo. Paralelamente, una agricultura muy productiva y la adopción generalizada del cultivo de la patata contuvieron los precios de los alimentos a un nivel bajo, y también los salarios debido a la abundancia de fuerza de trabajo. El resultado fue que los empresarios produjeron  manufacturas muy competitivas – sobre todo tejidos de lino -, que se vendían con facilidad.” (p. 320).

Las condiciones políticas se modificaron en 1748, con la firma de la paz de Aquisgrán. Francia y Austria establecieron relaciones de cooperación. Consecuencias para los Países Bajos meridionales: tarifas proteccionistas, subsidios y monopolios a varias industrias, se mejoró la infraestructura de transporte.

A partir de mediados del siglo XVIII, crecimiento económico. Los paños ligeros, y producción de carbón en Charleroi, estuvieron a la cabeza.

La región logró afirmar una vocación industrial en sectores “que demostraron ser plataformas de lanzamiento de la industrialización fabril mecanizada. No sorprende, por tanto, que a principios del siglo XIX los Países Bajos meridionales fueran la primera región  del continente en experimental una revolución industrial.” (p. 322).



v  Francia (pp. 322-330)

Durante el largo siglo XVIII, Francia se convirtió en la mayor potencia industrial del continente europeo. [En rigor, si en 1770 hubiésemos tenido que elegir al país con mayores chances de protagonizar la Revolución Industrial, probablemente la mayoría de nosotros habría elegido a Francia.]

Hubo una expansión sostenida de la manufactura rural, difundida enormemente después de 1650, beneficiada por el número creciente de aldeanos pobres producido por el cambio agrario y por el rápido crecimiento demográfico. En todas las aldeas aparecieron protoindustrias de lino y lana. También se produjeron bienes como clavos, cardenillo y sombreros de paja.

Se destacó el sector de productos de alta calidad realizados por trabajadores muy calificados. [4] “En general, la producción textil en Francia se incrementó en términos de metraje en tres cuartas partes, pero en términos de valor se multiplicó por dos, con una tendencia a la producción de tejidos más caros. Las industrias francesas, además, produjeron cantidades mucho mayores de bienes más económicos.” (p. 323).

Un punto controvertido es el de los efectos de la intervención estatal (sobre todo, al mercantilismo durante el ministerio de Colbert) [5] Algunos historiadores opinan que esta política implicó “una mala asignación de recursos” y que creó “unas estructuras productivas obsoletas y excesivamente reglamentadas”, que terminaron por perjudicar el desarrollo francés una vez que concluyó el estímulo inicial. DuPlessis tiene una posición más matizada respecto a los efectos del colbertismo: “La intervención estatal no garantizó el desarrollo industrial francés, pero tampoco supuso una barrera para su crecimiento.” (p. 324). [6]

En la actualidad, los historiadores modificaron la posición tradicional sobre el papel de los gremios [o jurandes]. Según esta, los gremios eran “un cuerpo que obstruía por igual toda forma de innovación tecnológica y organizativa, que tenía los precios congelados, que se aferraba a un tipo de productos totalmente pasados de moda y fuera del alcance de la mayoría de los consumidores, que incrementaba los costes de transacción y cuya inversión y beneficios eran los más bajos de todo el sector industrial.” (p. 325). DuPlessis señala que los historiadores tienen hoy una concepción diferente: los gremios eran mucho más flexibles y sabían adaptarse bien a los cambios. [7] Frente al influjo del colbertismo, que pretendía reglamentar la economía, los empresarios se apoyaban en los gremios para flexibilizar la economía.

“…los privilegios gremiales, simultáneamente, ocultaban y facilitaban el poder de los empresarios capitalistas y les ayudaban a reorganizar la producción.” (p. 326).

Eso explica porqué, cuando Turgot (1727-1781) suprimió los gremios en 1776, se enfrentó a una revuelta de maestros, empresarios e industriales locales, que lo obligaron a dejar sin efecto la medida.

El crecimiento de la economía francesa en el siglo XVIII [8] se sustentó en:

a) el mercado exterior, que compraba tanto bienes de lujo como económicos [9];

b) el mercado interior, en buena medida gracias a que la comercialización de la agricultura generó demanda de manufacturas baratas y de precio medio. [10]

El desarrollo económico no estaba exento de problemas, aunque éstos parecían menores frente al carácter sostenido del crecimiento de la economía. La demanda de las colonias francesas era reducida. Los mercados exteriores de los productos franceses experimentaron dificultades en la segunda mitad del siglo XVIII (Imperio Otomano, España y sus colonias americanas). A finales del siglo XVIII, los diseños ingleses, más sencillos, desplazaron a los franceses. El mercado interior era débil (transportes escasos, abundancia de aduanas internas, buena parte de la población rural era pobre). A partir de 1770 los campesinos enfrentaron impuestos y rentas crecientes, lo cual redujo su poder de compra; predominaban los pequeños agricultores marginales. Sólo el 9% de la población vivía en las ciudades. Consecuencia: en las décadas de 1760 y 1770 se estancó la producción de muchas industrias.

En el último cuarto del siglo XVIII, un observador atento encontraría diferencias importantes entre Francia e Inglaterra, las que permiten explicar que la segunda haya encabezado la Revolución Industrial. “A pesar de los logros conseguidos en vísperas de la Revolución, sólo una quinta parte de la población activa francesa trabajaba en la industria, frente a las más de dos quintas partes de la inglesa; en Inglaterra las manufacturas constituían dos terceras partes del comercio y en Francia sólo dos quintas partes.” (p. 329). El sector industrial francés era más reducido, la tasa de urbanización era más baja, el campesino tenía un nivel de vida más reducido: todo ello limitaba la demanda interior de bienes de consumo. [11]

“Buena parte de la industria francesa todavía utilizaba tecnología tradicional y mantenía las mismas estructuras de organización de la producción. En este contexto se produjo un crecimiento secular sostenido y relevante, al tiempo que se desarrollaron relaciones de producción capitalistas, Francia contaba con algunas protofactorías, sobre todo hilados de algodón y estampados de percal, pero los empresarios hicieron un mayor uso del recurso más importante del país: la inmensa y subempleada población rural, susceptible de recibir salarios muy bajos por un empleo industrial suplementario. Francia retuvo durante mucho tiempo una fuerte predisposición hacia un modelo de industria de pequeña escala que utilizaba trabajo intensivo, junto a un sector altamente calificado, pero el impacto de competidores más mecanizado iba a cambiar completamente la situación.” (p. 330).


v  Inglaterra (pp. 330-339)

Durante la mayor parte del siglo XVIII hubo pocos indicios de que Inglaterra terminaría siendo la cuna de la Revolución Industrial. La industria inglesa no tuvo tasas de crecimiento elevadas, ni un cambio estructural espectacular. En 1780, buena parte de la producción, del equipamiento y de los centros de trabajo eran muy similares a los de 1700 (y aún de 1600).

“Buena parte del desarrollo industrial del período representa una continuación de las tendencias que ya se manifestaban en el siglo XVI: predominio de la producción de paños, la industria más importante del país y, con diferencia, la mercancía más exportada; diversificación de manufacturas, evidenciada no sólo en el sector de la lana, en el que se desarrollaron nuevas variedades de tejidos, sino en la aparición de nuevos sectores que, en buena medida, producían bienes substitutivos de importaciones y centralidad de la industria rural. Pero también se iniciaron nuevas orientaciones que abarcaban mercados, productos, tecnología y formas de intervención estatal que afectaban tanto a la demanda como a la oferta.” (p. 330).

El desarrollo industrial inglés se vio favorecido por un acceso más diversificado a los mercados internacionales. Las colonias fueron un mercado importante. La política inglesa de expansión territorial por conquista y el incremento demográfico basado en la inmigración forzada y en la voluntaria redundaron en un extraordinario crecimiento de los mercados coloniales. [12]

Los mercados ultramarinos permitieron que la industria inglesa siguiera creciendo a pesar del proteccionismo de los países europeos; en este sentido, los mercados coloniales se encontraban muy protegidos y estaban en rápido crecimiento. A principios de la década de 1770, las manufacturas inglesas constituían el 54 % del comercio exterior del país; en cambio, en Francia, las exportaciones manufactureras representaban en 1787 una tercera parte de las exportaciones. Los dos sectores beneficiados fueron: la industria textil y la industria metalúrgica (en torno a 1800 la metalurgia constituía un 15 % de la exportación de manufacturas, frente al 3 % del siglo anterior).

En el caso inglés, los mercados interior y exterior se apoyaban mutuamente. Cuando caían las exportaciones, el mercado interno compensaba las pérdidas. “La interacción entre la demanda externa e interna constituye la cuestión clave para el desarrollo de la industria inglesa. No se trata de esferas separadas, sino que estaban conectadas formal e informalmente. En la segunda mitad del siglo XVIII, por ejemplo, las sencillas ropas de lino y algodón eran la última moda para las mujeres y los trajes de lana sin adornos para los hombres – lo que favorecía a la industria inglesa a expensas de la francesa -, y se contaba con libros, revistas y catálogos que divulgaban las modas no sólo en Inglaterra sino en todo el continente y también en el Nuevo Mundo.” (p. 333).

“El crecimiento continuado indica que la capacidad productiva no estaba mucho tiempo ociosa; de este modo, los productores, en especial las pequeñas industrias de metal, papel, vidrio e incluso algodón en sus primeros momentos, se sentían lo bastante confiados como para embarcarse en especializaciones, divisiones del trabajo y en innovaciones técnicas, intrascendentes por sí mismas pero importantes en su conjunto: estampados, moldes y máquinas sencillas para laminar y taladrar diseñadas por artesanos del metal, que abarataban sus productos y les permitían atraer a más clientes. En particular después de 1750, cuando los precios del grano aumentaron más que los salarios, el hecho de que cayera el precio de los productos industriales mantuvo fuera de peligro a la demanda. Los hogares con ingresos medianos, cuyo número pasó del 15 al 20 e incluso al 25 % de la población entre 1750 y 1780, adquirían más objetos de uso cotidiano como botes de hierro y cerámica, géneros de lino y estampados de algodón, precisamente el tipo de productos en los que se especializó la industria británica. Artesanos, obreros y agricultores empezaron, a su vez, a utilizar medios fabricados a máquina, a medir el tiempo con los relojes o a engalanar con lazos sus sombreros.” (p. 333-334).

La adopción de nuevas tecnologías fue un proceso lento hasta 1790; luego se aceleró e impactó a los sectores en rápido desarrollo como el textil y el metalúrgico.

La intervención estatal fue importante. No se crearon empresas como las patrocinadas por el Estado francés, pero no puede hablarse de una economía de libre mercado en Gran Bretaña, “ni por lo que concierne a la oferta ni por lo que concierne a la demanda” (p. 334). Hubo fuertes tarifas sobre las importaciones de productos que afectaban industrias en desarrollo.

Las industrias más dinámicas se localizaban en el campo. Algunas actividades industriales (sobre todo, textiles y de confección) con sede en Londres transferían parte de las tareas menos calificadas a las áreas rurales, donde los salarios eran más bajos. “La extensión de la industria rural en el siglo XVIII fue de tal magnitud que puede decirse que representa un nuevo punto de partida. La diversidad de procesos (…) terminó al fin por activar el potencial del sector agrario, al tiempo que aceleró los cambios en la producción urbana. Las actividades, los centros de trabajo y las relaciones de producción de los distritos rurales industrializados acabaron asimilándose totalmente.” (p. 338).

En el plano demográfico, se verificaron grandes modificaciones en el transcurso del siglo XVIII. Por un lado, crecimiento de la población rural. Por otro, reorganización de la geografía agrícola e industrial: 1) las zonas cerealeras del Sur y del Este terminaron por utilizar sólo fuerza de trabajo masculina tiempo completo, en tanto que las mujeres y los niños trabajaban en industrias diversas como el trenzado de paja, los encajes, la fabricación de botones, etc.; en los papeles, experimentaron un proceso de desindustrialización; 2) las regiones del Norte y del Oeste se volcaron cada vez más a las actividades pastoriles, mientras que el excedente de mano de obra se volcó casi todo en actividades no agrícolas [13], de este modo, pasaron a ser los centros de producción textil, minera y metalúrgica del país; 3) el proceso de urbanización se aceleró: la proporción de habitantes de centros urbanos pasó de un 9 % en 1650 a un 20 % en 1800. (p. 337).

“En cuanto al ritmo del crecimiento general, Gran Bretaña fue durante mucho tiempo por detrás de Francia. Pero Gran Bretaña gozaba de ventajas que aceleraron la expansión a medida que avanzaba el siglo [XVIII]. Una agricultura más productiva y un sistema comercial más eficiente mantuvieron una proporción más pequeña de población dedicada a la producción de alimentos. Por eso, aunque no se aceleraron las tasas de crecimiento ni los niveles de productividad, que eran excepcionalmente elevadas en relación con las medias europeas, el hecho de contar con un mayor número de trabajadores industriales se traducía en el aumento de la producción de manufacturas. Los artículos industriales, igual que los productos agrícolas, se beneficiaron también del ahorro en los costes de transacción debido a mejoras en las formas de comercialización – en especial, del aumento creciente de tiendas al por menor – y en la estructura del transporte, no sólo por la construcción de canales, sobre todo en los Midlands, sino también por la creación de una red de carreteras que se amplió de manera exponencial entre 1720 y 1770, iniciando el avance imparable de los medios de transporte y servicios relacionados.” (p. 337).

A lo anterior, hay que agregarle que en el siglo XVIII, Inglaterra reemplazó a la República de Holanda en el liderazgo comercial europeo. Los ingleses se beneficiaron con la participación en multitud de mercados, compensando los desequilibrios momentáneos.

Inglaterra consiguió la supremacía tecnológica europea, superando a los holandeses.

Por último, la demanda interior fue motorizada por unas clases medias en expansión, aunque heterogéneas: agricultores comerciantes, pequeños empresarios, tenderos, artesanos competentes.



Villa del Parque, domingo 15 de abril de 2018


NOTAS:

[1] En Leyden, la producción de piezas de tela pasó fue de 144000 en 1664; 85000 en 1700; 54000 en 1750; 29000 en 1795. (p. 315).

[2] Dos ejemplos. En 1708 los astilleros de Zaan botaron 396 navíos; en 1790, la cifra de navíos botados fue 5. La elaboración de cerveza (una de las industrias que generó mayor empleo y mayores exportaciones), experimentó una caída de tres cuartas partes de su producción a lo largo del siglo XVIII. (p. 315).

[3] “Los empresarios holandeses, como la mayoría de empresarios europeos a finales del siglo XVII, intentaron reducir costes y trasladaron la producción a las áreas rurales, especialmente a las provincias del interior, donde el cambio agrario había originado una importante reserva de trabajo excedente.” (p. 318).

[4] Por ejemplo, la producción de seda en Lyon pasó de emplear 3000 trabajadores en 1660 a 14000 en 1739. (p. 323).

[5] Las medidas tomadas por Jean-Baptiste Colbert (1619-1683) incluían tarifas preferentes a la prohibición de importaciones, monopolios, ayudas financieras a los artesanos inmigrantes, liberación de ordenanzas de gremios, préstamos y concesiones de dinero, edificios, bienes de equipo y materias primas.

[6] Entre los logros del colbertismo, se destacan la creación del cuerpo de inspectores del Estado; las empresas estatales, que conseguían beneficios muy elevados y que pusieron a Francia a la cabeza de la producción de artículos de lujo en Europa; la introducción (por las manufacturas reales) de las innovaciones tecnológicas de la época, como las spinning jennies, las water frames y los hornos de coque.

[7] “Es cierto que muchos gremios se resistieron a todo tipo de cambios, pero, al contrario que en Alemania, muchos de ellos – tal vez la mayoría – se mostraron cada vez más flexibles y capaces de adaptarse al cambio, porque los maestros con más poder emprendían a menudo iniciativas empresariales. Por ello, los jurandes permitieron a los patronos que subcontrataran fuera de los límites del gremio, que emplearan a oficiales libres (es decir, no agremiados) para trabajar con artesanos agremiados y que reorganizaran los horarios, las condiciones de trabajo y los métodos de producción a expensas de privilegios que durante mucho tiempo se consideraron sacrosantos. Todas estas innovaciones permitieron reducir costes, al tiempo que favorecieron la concentración del control de producción a manos de grupos más reducidos. (…) los gremios no impidieron ni la proliferación de nuevos productos fabricados totalmente fuera del control de los jurandes, ni el desarrollo de la industria rural.” (p. 325).

[8] Durante el siglo XVIII el producto interno bruto se multiplicó por cuatro. (p. 327). La producción industrial creció a un ritmo del 1,9 % anual entre 1701-1710 y 1781-90, frente al 1,1 % de Gran Bretaña. (p. 329). A comienzos del siglo XVIII, la industria representaba un cuarto de toda la producción francesa (en Inglaterra la industria era un tercio del total de la producción), en tanto que a finales del siglo era de las dos quintas partes del producto total. (p. 329).

[9] El tráfico ultramarino multiplicó por ocho su valor en el siglo XVIII, en tanto que todo el comercio exterior francés sólo se triplicó. (p. 326).

[10] “El consumo popular y de las clases medias creció también, y los tejidos y el negocio de la confección fueron los sectores más beneficiados. Los continuos cambios de moda hacían que la gente adquiriera más productos; las telas más ligeras y atractivas eran las más beneficiadas y novedades como la ropa interior, pañuelos y cortinas para ventanas se convirtieron en necesidades. (…) La producción de bienes de lujo continuaba monopolizando el extenso mercado interno de bienes de alta calidad.” (p. 327).

[11] En 1789 se extrajeron en Francia 600.000 toneladas de carbón; en Inglaterra, en 1750 se extraían unos 5 millones y en 1800, 15 millones de toneladas.

[12] A principios del siglo XVIII, la Europa continental controlaba el 84 % de la exportación mundial de manufacturas, hacia 1775 controlaba menos de la mitad. En cambio, la proporción de exportaciones inglesas de manufacturas a Norteamérica y las Antillas pasó de un 10 % a cerca de un 47 %, a Irlanda de un 2 % a un 6%, a África, Asia, el Levante e Hispanoamérica de un 3 a un 8 %. (p. 331).

[13] En 1750, en algunos distritos del Lancashire el 85 % de los cabezas de familia masculinos trabajaban en la producción textil. (p. 336).

miércoles, 11 de abril de 2018

CANGUILHEM Y LA DISTINCIÓN ENTRE LO NORMAL Y LO PATOLÓGICO: NOTAS DE LECTURA

La distinción entre lo normal y lo patológico ocupa un lugar importante en la sociología clásica. En este blog ya nos hemos ocupado del tratamiento de la cuestión por Émile Durkheim (1858-1917) en su obra Las reglas del método sociológico (1895). La idea de normalidad conlleva una carga ideológica y política que es preciso desentrañar, si se pretende evitar la naturalización de las relaciones sociales existentes.

Georges Canguilhem (1904-1995) fue un filósofo y médico francés, especializado en Epistemología y en Historia de la Ciencia. Influenciado por Gaston Bachelard (1884-1962), ejerció, a su vez, influencia sobre Louis Althusser (1918-1990) y Michel Foucault (1926-1984).

El ensayo “Acerca de algunos problemas relativos a lo normal y lo patológico” es la tesis de Doctorado en Medicina, presentada por Canguilhem en julio de 1943 ante la Facultad de Medicina de Estrasburgo. En paralelo a la redacción de la tesis, el autor dictó un curso sobre “Las normas y lo normal” en Clermont-Ferrand. [1]

Para la redacción de estas notas trabajé con la traducción española de Ricardo Postchart: Canguilhem, Georges. (1971). Lo normal y lo patológico. Buenos Aires: Siglo XXI de Argentina (El ensayo mencionado está incluido en las pp. 7-177).

El ensayo tiene la siguiente estructura: en primer término, el prefacio a la 2° edición (publicada en 1950); luego, la 1° parte, “¿Es el estado patológico sólo una modificación cuantitativa del estado normal?” (pp. 15-80). Por último, la 2° parte, “¿Existen ciencias de lo normal y de lo patológico?” (pp. 81-177).

Esta es la primera de una serie de fichas de lectura sobre la obra, elaboradas sobre la base de los apuntes incluidos en un cuaderno redactado en agosto-septiembre de 2003. Espero que sea de alguna utilidad para los lectores.



Canguilhem comienza indicando que los problemas que le interesaban en esa época [1943] eran “el de las relaciones entre ciencia y técnica, el de las normas y lo normal.” (p. 11). La filosofía aportaba a la cuestión “las exigencias del pensamiento filosófico, que consiste en volver a abrir los problemas más que en cerrarlos.” (p. 13).

El punto de partida es el reconocimiento de la existencia de dos concepciones de la enfermedad:

A] Teoría ontológica:

“Ya significa tranquilizarse, en parte, considerar a todo enfermo como un hombre al cual se le ha agregado o quitado un ser. (…) la enfermedad es algo que le sobreviene al hombre.” (p. 17) “…si se confía a la técnica – mágica o positiva – la tarea de restablecer la norma deseada al organismo afectado, es porque nada bueno se espera de la naturaleza de por sí.” (p. 18).

B] Teoría dinamista o funcional.

Concepción propia de la medicina griega (corpus hipocrático). “La naturaleza [Physis], tanto en el hombre como fuera de él, es armonía y equilibrio. La enfermedad es la perturbación de ese equilibrio, de esa armonía. (…) la enfermedad es una reacción generalizada con intenciones de curación.” (p. 18).  A diferencia de la teoría ontológica, el optimismo está aquí en el sentido de la naturaleza y no en el efecto de la técnica humana. (p. 18-19). Se trata de una concepción naturista, que “poco espera de la intervención humana para la restauración de lo normal.” (p. 19).

Ambas teorías tienen en común que

“consideran a la enfermedad – o mejor, a la experiencia del enfermo – como una situación polémica, ya sea como una lucha entre el organismo y un ser extraño, ya sea como una lucha interna de fuerzas enfrentadas. La enfermedad difiere del estado de salud, lo patológico de lo normal, como una cualidad difiere de otra, ya sea por presencia o ausencia de un principio definido, ya sea por reelaboración de la totalidad orgánica (…) heterogeneidad de los estados normal y patológico.” (p. 19).

Las dos teorías, pero sobre todo la dinamista o funcional, enfrentan el mismo problema: ¿Cómo sostener la alteración cualitativa que separa lo normal y patológico?

Para el filósofo inglés Francis Bacon (1561-1626), sólo se gobierna la naturaleza obedeciéndola. Por eso, “gobernar la enfermedad significa conocer sus relaciones con el estado normal que el hombre vivo (…) desea restaurar.” (p. 19).

Para poder llevar a cabo esa restauración, es preciso fundar una patología científica. En esta línea hay que ubicar al médico inglés Thomas Sydenham (1624-1689), quien afirmaba que para ayudar al enfermo es necesario deslindar y determinar su mal. (p. 19).

Como resultado del desarrollo de esta línea de pensamiento médico, se dio la

“formación de una teoría de las relaciones entre lo normal y lo patológico de acuerdo con la cual los fenómenos patológicos sólo son en los organismos vivos variaciones cuantitativas, según el más y el menos, de los respectivos fenómenos fisiológicos. Semánticamente, lo patológico es designado a partir de lo norma no tanto como a o dis, sino como hiper o hipo. Por más que se conserve la confianza tranquilizante de la teoría ontológica en la posibilidad de vencer por medios técnicos al mal, se está muy lejos de creer que salud y enfermedad sean opuestos cualitativos, fuerzas en lucha. La necesidad de restablecer la continuidad, para conocer mejor con el fin de actuar mejor, es tal que en última instancia el concepto de enfermedad desaparecería. La convicción de poder restaurar científicamente lo normal es tal que termina por anular lo patológico.” (p. 20).

En el siglo XIX los biólogos y médicos convirtieron en dogma la “identidad real de los fenómenos vitales normales y patológicos” (p. 20). En Francia, los máximos representantes de dicha concepción fueron Auguste Comte (1798-1857) y Claude Bernard (1813-1878).

En el caso de Comte,

“el interés se orienta de lo patológico hacia lo normal, con el fin de determinar especulativamente las leyes de lo normal, puesto que la enfermedad se muestra digna de estudios sistemáticos como substituto de la investigación biológica a menudo impracticable, especialmente en el hombre. La identidad de lo normal y de lo patológico es afinada para beneficio del conocimiento de lo normal.” (p. 21).

En Bernard,

“el interés se orienta de lo normal hacia lo patológico, para actuar racionalmente sobre lo patológico (…) La identidad de lo normal y de lo patológico es afirmada para beneficio de la corrección de lo patológico.” (p. 21).

En este punto, Canguilhem sintetiza así la relación entre ciencia y sociedad:

“La historia de las ideas no es necesariamente congruente con la historia de las ciencias. Pero como los científicos desarrollan su vida de hombres en un medio ambiente y en un entorno no exclusivamente científicos, la historia de las ciencias no puede dejar de lado a la historia de las ideas.” (p. 23).

Como se desprende del párrafo anterior, es erróneo atribuir a Thomas Kuhn (1922-1996) la exclusividad en la introducción de la historia a la epistemología. De ahí una de las razones para el estudio de la obra de Canguilhem. En fichas posteriores seguiremos trabajando el tema.


Villa del Parque, miércoles 11 de abril de 2018



NOTAS:

[1] Canguilhem estudió Filosofía y luego comenzó la carrera de Medicina, dedicándose paralelamente a la enseñanza de la Filosofía. En el prefacio de la 2° edición, explica así su interés por la ciencia médica: “Lo que esperábamos estrictamente de la medicina era una introducción a problemas humanos concretos. La medicina se nos aparecía [como la] encrucijada de muchas ciencias, más que como una ciencia propiamente dicha. (…) lo fundamental en ella [la medicina] seguía siendo (…) la clínica y la terapéutica, es decir, una técnica de instauración o de restauración de lo normal que no se deja reducir total y sencillamente al mero conocimiento.” (p. 11-12). 

jueves, 5 de abril de 2018

POSITIVISMO Y HERMENÉUTICA EN LAS CIENCIAS SOCIALES: NOTAS SOBRE UN ARTÍCULO DE PINTO

Julio Pinto, actual profesor Consulto y Profesor Asociado regular de la Materia Fundamentos de Ciencia Política en la Carrera de Ciencia Política de la UBA, es autor del artículo “El aporte de la hermenéutica filosófica al debate epistemológico de las ciencias sociales”, publicado en la revista POSTData, núm. 3-4, agosto de 1998, pp. 19-37.

El título es un tanto engañoso, pues alude a las Ciencias Sociales (CS a partir de aquí) pero, en rigor, se concentra en la Ciencia Política (CP a partir de aquí).

El artículo se divide en tres apartados: 1) El nacimiento de las ciencias sociales y su identificación con el positivismo (pp. 19-23); 2) La creciente vigencia del paradigma hermenéutico en las ciencias sociales (pp. 24-33); 3) Conclusiones (pp. 33-37).

El presente texto es una ficha de lectura del artículo de Pinto. Por ello, me ciño al desarrollo realizado por el autor. Sólo por excepción formulo comentarios de mi autoría.


1] Ciencias Sociales y Positivismo:

Las Ciencias Sociales (CS a partir de aquí) surgieron institucionalmente en el siglo XIX. Desde su origen, estuvieron fuertemente influenciadas por la filosofía y el método de las CN (CN a partir de aquí).

Auguste Comte (1798-1857) sacralizó el método científico [el de las CN], afirmando que su utilización permitiría eliminar todos los males sociales. Considera a la sociología como la cumbre de las ciencias, como la legítima reemplazante de la teología. “El carisma de la razón desplaza al carisma de la tradición; el método científico a la creencia religiosa como fuente de legitimidad de la dominación política.” (p. 20). [1]

Pinto ubica la concepción comteana en el marco del proceso de “creciente secularización de las sociedades occidentales” (p. 19). Dicho en otros términos, “la fe en que la ciencia provee los medios necesarios para un progreso ilimitado de la humanidad pasa a ser el más fuerte elemento de legitimación política en las incipientes democracias liberales.” (p. 19). En Gran Bretaña, EE.UU. y Francia, “la filosofía positiva y la praxis política se identifican totalmente. El Estado racional moderno, el mercado y la ciencia, están en ellas fuertemente vinculadas entre sí, siendo esa interacción sistémica la que da su pujante dinámica a esas sociedades nacionales.” (p. 19).

El positivismo de Comte parte del reconocimiento del isomorfismo entre los objetos de estudio de la biología y las CS. Los procesos de evolución y cambio son análogos en el organismo humano y en el organismo social. De este modo, el mecanicismo y el organicismo se constituyen en pilares de las CS.

El sometimiento de la sociología a las CN se hace especialmente patente en la obra de Talcott Parsons (1902-1979), quien desarrolló el estructural-funcionalismo en base a la perspectiva filosófica del positivismo. Parsons ejerció una enorme influencia sobre las CS de mediados del siglo XX.

El organicismo comteano se actualiza en la obra de Parsons por medio del concepto de sistema social, que se regula a sí mismo a través de procesos homeostáticos (equilibrio con el medio ambiente).

La CP se identificó desde sus orígenes con el paradigma positivista. Surgió como disciplina autónoma a través de la revolución conductista y asumiendo como propios los principios metodológicos de la sociología estructural-funcionalista. Es por ello que la CP se caracterizó por su énfasis en el empirismo y por privilegiar los análisis micropolíticos y no los macropolíticos.  

En las últimas décadas, la dependencia de las CS respecto a las CN se trocó en dependencia de la economía, disciplina que gozó de un amplio reconocimiento social. El concepto de homo economicus se volvió fundamental para la sociología y la CP. El concepto de equilibro general de los modelos económicos tuvo sus correlatos en los modelos sociológicos del estructuralismo parsoniano o politológicos del conductismo. El individuo egoísta, que toma decisiones a partir del cálculo racional y que busca satisfacer su propio interés, se convirtió en el elemento central de los procesos sociales. [2]

El paradigma positivista se encuentra en crisis a fines del siglo XX. Sin embargo, sigue vigente en las CS estadounidenses, donde muchos científicos adhieren al neopositivismo lógico, en tanto que otros profesan el racionalismo crítico de Popper (1902-1994) y unos pocos son partidarios del discurso hermenéutico.


2] El paradigma hermenéutico en las ciencias sociales:

La impugnación al paradigma positivista comenzó a finales del siglo XIX en Alemania, en buena medida gracias a la obra del filósofo Wilhelm Dilthey (1833-1911).

Dilthey pensaba que “el sujeto que protagoniza la interacción social está orientado por premisas históricamente sustentadas. Por ese motivo el análisis comprensivo de las mismas resulta indispensable en este tipo de conocimiento.” (p. 24). Por eso los alemanes denominaron ciencias históricas a las CS. [3]

El sociólogo Max Weber (1864-1920) aplicó a la sociología y la CP la postura epistemológica desarrollada por Dilthey. Weber “percibe el hecho de que aún en las sociedades industriales de la Modernidad el individuo es un hombre de cultura. Un sujeto que se interpreta y comprende a sí mismo en el contexto de sus circunstancias históricas. Los juicios de valor, los preconceptos que, transmitidos por el lenguaje, le dan las mismas, constituyen la dimensión histórico-social de su comportamiento social. Comportamiento que se explica sólo parcialmente por la creciente racionalidad científico-tecnológica que distingue a nuestro tiempo, de allí la imposibilidad de unificar los comportamientos sociales en un único patrón racional. Del mismo modo que existe una acción racional orientada a fines, existe una acción racional orientada por valores.” (p. 24-25).

En las CS existe una doble mediación simbólica: “la que se evidencia en los valores que orientan la acción social de los sujetos observados y la que existe en la deducción de ciertas hipótesis de investigación – y no de otras – por parte del investigador.” (p. 25).

“Weber no rechaza el conocimiento empírico que reivindica el positivismo, adhiere firmemente al mismo. Y por esta razón entiende que la comprensión teórica del fenómeno social debe estar unida a una explicación que sea constatable empíricamente. Explicación que será siempre unilateral, porque el marco teórico que ha elegido subjetivamente un investigador lo hace orientar su observación en cierta dirección y no en otras.” (p. 25). [4] Para resolver el problema de la constatación empírica, elaboró los tipos ideales (abstracciones conceptuales que sirven para categorizar analíticamente la observación empírica).

Weber rechazó la posibilidad de enunciar leyes generales universalmente válidas (al estilo de las CN); utilizó la expresión alemana chancen (probabilidad) y no causa, “cuando describe la posibilidad de que ciertos factores originan determinados hechos sociales. Estos últimos son (…) el producto de una interacción humana provista de sentido por determinadas circunstancias históricas, no constituyen entonces un mero reflejo de la autorregulación espontánea de la sociedad.” (p. 25).

El politólogo italiano Norberto Bobbio (1909-2004) sostuvo que Weber fue el mayor teórico político del siglo XX. Entre sus contribuciones a la CP, cabe indicar que Weber establece la autonomía de la política, “a la que considera un producto de la decisión humana, orientada históricamente, y no un simple epifenómeno de lo social.” (p. 25-26). El análisis científico de la política exige recurrir al método de la comparación, ante la imposibilidad de universalizar los comportamientos políticos de la humanidad.

La mayor contribución de Weber a la CP es la valorización del concepto de legitimidad “para comprender la vigencia social que puede llegar a alcanzar un orden político.” (p. 26). La teoría clásica de las formas de gobierno fue desplazada por la tipología weberiana de las formas legítimas de dominación: tradicional, legal y carismática. “Aquello que destaca Weber no es cuál es la forma de gobierno que legaliza al poder, sino cuál es el tipo de dominación que legitima al poder. Y lo hace por entender que el poder sólo se transforma en autoridad política cuando la necesidad de su utilización institucional es reconocida consensualmente por la sociedad.” (p. 26-27). Dicho en otros términos, “para Weber no hay dominación política posible si al monopolio de la violencia física que distingue al mismo no lo acompaña la percepción social de que el uso de la mismo por parte del Estado es legítimo. La coacción legal debe estar acompañada por el consenso social.” (p. 27).

Pinto sostiene que Weber postula un individualismo diferente al homo economicus de los economistas, mucho más cercano al aristotélico zoom politikon, “cuya existencia adquiere sentido en el oxígeno cultural de la comunidad en que se forma su personalidad.” (p. 28).

La epistemología hermenéutica fue desarrollada posteriormente por el filósofo Martin Heidegger (1889-1976) y su discípulo Hans-Georg Gadamer (1900-2002).

Gadamer afirma que el individuo se socializa por medio del lenguaje, vehículo privilegiado de transmisión de los valores culturales. A partir de esta socialización se encuentra en condiciones de interpretar el mundo. Esta interpretación no surge de la nada, sino que se da desde el horizonte cultural que distingue a su sociedad. La interpretación consiste en un preenjuiciamiento valorativo que orienta el juicio racional. Es producto intersubjetivo de la cultura en la que estamos insertos. Esto podría implicar caer en el círculo hermenéutico, es decir, no poder salir de esa interpretación orientada por los valores de una cultura determinada. Sin embargo, toda cultura forma a los individuos que la componen como personas, pero también es transformada por ellos. Este proceso ocurre entre distintas generaciones de la misma cultura, pero también entre individuos de diferentes culturas.

“La existencia resulta ser entonces una permanente mediación hermenéutica entre distintas perspectivas de vida. Por eso no tiene sentido hablar de una interpretación definitivamente válida. De esto se deduce que Gadamer coloca en un primer plano la dimensión histórica de la comprensión, el sentido de la acción social surge de una tradición cultural y la comprensión del mismo por sus intérpretes depende de la inserción de éstos en una determinada tradición de investigación.” (p. 30). [5]

Jürgen Habermas (n. 1929) utilizó la hermenéutica filosófica de Gadamer para enfrentar al neopositivismo reinante en las CS. Sostiene que los conceptos centrales de las CS son “conceptos históricamente enraizados” (p. 30). Por ende, los investigadores en CS deben tomar nota (mediante la hermenéutica) de que sus categorizaciones conceptuales están en relación de dependencia con una precomprensión originada en la identificación con una tradición de investigación.

Según Habermas, “los investigadores [los científicos sociales] no pueden (…) plantear una relación objetiva de sujeto a objeto como sucede (…) en las CN. Aquellos hechos que están analizando forman parte de su tradición cultural, o de otra que les es ajena, pero en ambos casos sus criterios valorativos orientan su reflexión crítica. Deben entonces ser conscientes de los prejuicios que han socializado en el transcurso del proceso cultural intersubjetivo en el que tomó forma su subjetividad. Así la comprensión hermenéutica permite a los investigadores alcanzar una autocomprensión de los valores que orientan su análisis, permitiéndoles no una imposible neutralidad axiológica pero sí una objetividad valorativa.” (p. 31).

A pesar de la adhesión de Habermas a muchas de las tesis de Gadamer, también tiene algunas diferencias significativas. Considera que Gadamer, con su reconocimiento a la historia y a la tradición, está bajo la influencia de reminiscencias conservadoras y románticas. Habermas propone una interpretación hermenéutica que no sea una simple continuación de la tradición; “exige entonces la necesidad de un distanciamiento crítico del intérprete, que le permita de este modo tanto incorporar, como dejar de lado, las pretensiones de validez de su tradición cultural.” (p. 31). La interpretación hermenéutica debe ir acompañada de la crítica ideológica, responsabilidad de una sociología crítica. [6]

Gadamer responde a Habermas afirmando que no existe una situación de confrontación entre tradición cultural y reflexión crítica. Acepta la premisa del distanciamiento crítico. Pero rechaza el planteo de Habermas respecto a que el lenguaje es sólo una de las dimensiones de la vida social. No corresponde oponer la política o la economía al lenguaje, pues las dos primeras actividades se encuentran mediadas por el tercero. Es debido a esta mediación que el posible la comprensión hermenéutica de la política y la economía. [7]

Pinto afirma que Gadamer y Habermas permitieron que las CS tomen “distancia de la filosofía y métodos del neopositivismo que tanto las limitaba epistemológicamente, impidiéndoles concretar un desarrollo teórico que fuera congruente con su elefantiásico desarrollo cuantitativo.” (p. 32).

El filósofo francés Paul Ricoeur (1913-2005) integró las tesis de Gadamer y Habermas. Sostiene que “la acción social se basa en una dialéctica de acontecimiento y significado. Una acción social es significativa cuando aporta pautas valorativas, que por serlo se convierten a su vez en los documentos que orientan la acción humana. La acción humana se transforma en acción social sólo cuando se asienta en la historia, cuando a causa de su sedimentación en el tiempo se transforma en institución, depsicologizando su significado. Una acción social resulta ser significativa cuando su importancia supera su inserción espacio – temporal.” (p. 32). [8]

Ricoeur desarrolla el paradigma de lector, como solución a las contradicciones metodológicas de las CS: “No existe una dicotomía sino una dialéctica permanente entre comprender y explicar.” (p. 33). La interpretación hermenéutica escapa del círculo hermenéutico, es decir, de la supeditación al pensamiento original del autor al fusionar los horizontes culturales de éste con los del exégeta. [9]

Pinto termina el apartado afirmando que Ricoeur logra conciliar la hermenéutica filosófica con la ciencia, “al sostener exitosamente que la comprensión asociada a la explicación permiten llegar a una interpretación válida científicamente en las ciencias sociales.” (p. 33).


3] Conclusiones:

El debate epistemológico iniciado en las CS a finales del siglo XIX persiste en la actualidad, pero ya es posible formular algunos de sus resultados:

a)    Reconocimiento por los científicos sociales de la distorsión en la observación de los hechos sociales generada por la doble mediación simbólica. Los prejuicios valorativos del investigador “gravitan fuertemente sobre su juicio crítico en el momento de la elección sobre qué problemas investigar – postergando otros igualmente importantes – y sobre su deducción de cierto tipo de hipótesis, al dejar de lado el análisis de otras que pueden ser igual o mayormente fecundas para la investigación.” Es imposible neutralizar totalmente los prejuicios antropológicos, semánticos y sociológicos. (p. 34).

b)    Si bien la neutralidad axiológica es imposible de alcanzar, el distanciamiento crítico que permite la objetividad científica constituye una responsabilidad ética y metodológica.

c)    El investigador debe ser consciente de que la indagación científica es una búsqueda interminable. No existe una solución definitiva, una teoría que resuelva todos los problemas. Existen respuestas aproximativas, originadas en distintos horizontes culturales.

d)    La acumulación de conocimientos en las CS se da a través del conocimiento de los clásicos. Existen diferentes tradiciones, pero los cultores de una de ellas están obligados a conocer la argumentación de sus adversarios. “Es entonces ese dominio de los conceptos teóricos expuestos por los clásicos, propios y ajenos, el que da inteligibilidad teórica a las ciencias sociales, pese a estar las mismas caracterizadas hoy en día por la vigencia de paradigmas diferentes y controversiales. Un permanente diálogo entre distintas perspectivas conceptuales hace cada vez más fecunda la investigación y más amplia la acumulación del conocimiento. Las ciencias sociales son percibidas actualmente por gran parte de sus cultores como una comunidad de dialogo, la que desde las diferentes tradiciones de investigación que dan lugar a distintos paradigmas, logra empero – eclécticamente – avanzar en el conocimiento a través de argumentaciones contrapuestas avaladas empíricamente.” (p. 37). [10]


Villa del Parque, jueves 5 de abril de 2018


NOTAS:
[1] Pinto engloba a los primeros sociólogos bajo el paraguas del positivismo. Así, Comte, Marx, Spencer y Pareto, “tienen en común el estar convencidos de haber encontrado la ley general que explica el sentido de la historia. Su mecanicismo los lleva a pretender a ocupar en las ciencias sociales un lugar similar al alcanzado por Newton en la física.” (p. 20). En el caso de Marx, esto implica desconocer su rechazo del mecanicismo en los procesos sociales. Véase, por ejemplo, su correspondencia con Vera Zasulich sobre los posibles caminos de la revolución en Rusia.
[2] Pinto rechaza la concepción del individuo desarrollada en el seno de la economía: “El sujeto, que es el protagonista de la interacción humana que distingue una estructura social, no puede ser definido social y políticamente sólo como el individuo racional y calculador que persigue egoístamente la maximización de su interés. Debe ser también considerado como el individuo subjetivo que, al haber interiorizado determinadas reglas de conducta, orienta su acción social y política por una escala de valores. Valores que le transmite una historia social, aquella en la que ha desarrollado su personalidad, en su condición de zoom politikon.” (p. 22). Pinto reconoce [esto es característico de los años ‘90] que la democracia [burguesa] y la economía de mercado [capitalismo] se impusieron mundialmente, pero argumenta que existen diferencias sustanciales entre capitalismos, como las que se dan entre la economía neoliberal de EE.UU. y la economía “socialmente responsable” de Alemania. Dichas diferencias se explican a partir de las diferencias en la intersubjetividad y no por el carácter egoísta y calculador de los individuos. Pinto prepara el terreno para su presentación de la hermenéutica, a la que considera como el mejor instrumento para comprender la sociedad.
[3] En el transcurso del debate epistemológico con el positivismo, el concepto de ciencias morales, acuñado por John Stuart Mill (1806-1873), fue traducido como ciencias del espíritu, término que fue adoptado por los científicos alemanes.
[4] Pinto señala que Weber rechazó las concepciones organicistas y mecanicistas del positivismo, y que eso explica sus fuertes ataques al socialismo de la II Internacional. En la nota 1 planteé mis diferencias con el enfoque de Pinto respecto al marxismo, al que atribuye las mismas características del positivismo. El socialismo de la II Internacional es equiparado al marxismo. Pinto imita el procedimiento weberiano de construir un rival endeble para luego demolerlo con facilidad (Weber hace esto con el marxismo).
[5] Pinto recomienda la obra de Gadamer, Verdad y método, Salamanca, Sígueme, 1991.
[6] Pinto sugiere la lectura de Habermas, La lógica de las ciencias sociales, Madrid, Tecnos, 1990; Habermas, Conocimiento e Interés, Madrid, Taurus, 1982.
[7] La respuesta a Habermas se encuentra en: Gadamer, “Réplica a Hermenéutica y Crítica de las Ideologías”, en Verdad y Método II, Salamanca, Sígueme, 1992.
[8] Ver Ricoeur, Hermenéutica y Acción, Buenos Aires, Docencia, 1985.
[9] Ricoeur afirma que la interpretación debe seguir criterios de validación semejantes a los de la falsación popperiana. Por eso, “una interpretación no sólo debe ser probable, sino que debe ser más probable que otras.” (p. 33). La comprensión equivale al concepto de conjetura, la explicación al concepto de validación. (p.33).
[10] Más allá de otras cuestiones, éste es el punto más discutible del artículo de Pinto, pues deja de lado el carácter antagónico de las teorías que pretende conciliar. Por ejemplo, el marxismo y la sociología comprensiva de Weber son dos visiones irreconciliables de la sociedad y no hay conciliación posible, sin que ello signifique negar el valor de ciertos aspectos de la teoría weberiana. Aclaro que digo esto desde el punto de vista del marxismo. Un weberiano consecuente diría algo semejante respecto a la teoría de Marx.